Mis demonios son inmortales, pues regresan aun a pesar del fuego que les debería impedir hacerlo. Gustoso tomaría mi espada una vez más y les vencería. Pero he descubierto que es inútil. Moran dentro de mi, y nunca llego a vencerles completamente.

Me observáis como el mejor cazador de ellos. Letal y feroz; rápido. ¿Por qué siento que no es así? He sido apartado de las órdenes de caballería, ningún maestro me permite conocer su oficio y pertenecer a su gremio. Llevo el estigma de cazademonios allá donde voy. Me han negado el honor del combate justo; y sin embargo lloran por el tiempo que demoro en matar monstruos.
¿Por qué os ocasiono tanto miedo? ¿No era acaso lo que queríais de mi? Desearía no ser diestro con las armas, no conocer el arte del fuego, no ser capaz de levantar mi espada... quizá así podría ser aceptado entre vosotros; podría regresar y abrazar a los mios cada día.

La soledad es una poderosa amiga, pero también es cruel cuando la rechazo. Implacable. El tiempo está quemando mis ojos. Ojos que observan el mundo a otra velocidad, ojos que sienten a cada uno de vosotros como extraños, aunque hayamos comido en la misma mesa durante años.
Perdóname, espada mía, por desear rechazarte en virtud de ellos. Es así como me siento.
(Primera crónica del cazademonios)

0 réplicas:
Publicar un comentario en la entrada